Mercedes Sosa – La Negra

Del Prólogo, Fragmentos

MEMORIAS DEL CORAZÓN. BIOGRAFÍA EN VOZ ALTA.

Mercedes Sosa no quiso hacer como que escribía sus memorias valiéndose de un escritor fantasma. No quiso mandarse la parte ni simular. Esta es una biografía escrita en voz alta. La tarea venía ardua: ante mi tenía una vida signada por actuaciones en decenas y decenas de giras por decenas y decenas de países, por cientos y cientos de ciudades, en estadios monumentales y en salas excelsas, ante públicos de hasta cien mil personas y tan selectos como los del Carniege Hall, o el de la sala de los premios Nobel en Estocolmo, o del mismo Vaticano. Había que contar esa trayectoria y el trasfondo de una vida personal que nació en la ardua pobreza acechada por el hambre y que después estuvo enmarcada por el compromiso ideológico, las amenazas de muerte, el exilio. La paradoja de esta vida es que, a más desgarramiento y dolor en lo personal y afectivo, más éxito, más ovaciones en lo artístico, más fama. Me enfrenté al problema de la abundancia que a veces no es menos terrible que el de la escasez. Tuve que resolver cómo contar la prodigiosa vida de esta mujer que es (con Carlos Gardel), sin discusión, la cantante popular de mayor prestigio y proyección mundial que produjo la Argentina (y Latinoamérica) en el siglo XX. Decidí dejar que el personaje, con sus impulsos, impusiera la mecánica, la estructura y los ritmos de este libro. Preferí una antimetodología, o si prefiere, una metodología al revés. Y así nos salió este texto que no es, ortodoxamente hablando, una biografía ni una autobiografía como las que se plantean usualmente.

Este es un libro desde Mercedes Sosa y sobre Mercedes Sosa. La columna vertebral la constituye su relato en primera persona. Ella cuenta y se cuenta. Ella se escribe en voz alta. Por otro lado, eslabonándose con su decir, aparecen las voces de su madre, de su hijo, de sus hermanos, de los amigos más íntimos. Contada por ella y por los cercanos así se va desenvolviendo el relato de su asombrosa existencia.

No es todo: cada tanto aparecen, con sus testimonios y recuerdos, figuras que desde otros ángulos ofrecen diferentes retratos de nuestro personaje, refiriéndose no sólo a la suprema cantante sino, sobre todo, a la mujer que está lejos de los escenarios y las ovaciones. Entre los retratistas de la otra Mercedes están, por ejemplo, León Gieco, Horacio Molina, Víctor Heredia, Liliana Herrera, Carlos Alonso, Charly García. A estas tres vertientes (el relato de la propia Mercedes, el de sus familiares y amigos íntimos, y el de sus retratistas), se van sumando crónicas que rescatan episodios memorables y dramáticos vividos por ella. En otros casos esas crónicas reconstruyen los ámbitos en los que Mercedes se hizo mujer y creció como artista. La recurrencia al asunto de las comidas primordiales no es casual, poseen el valor que puede tener un personaje cercano, una ideología, una religión.

El azar tiene sus cosas. Y el azar es también, en buena medida, autor de este libro. A una cantidad de episodios aquí narrados no me los contaron, no tuve que ir a pesquisarlos, los viví privilegiado por la posibilidad de mi trabajo periodístico y por una amistad de más de treinta años. Con la Negra compartimos celebraciones, alegrías, muertes, nacimientos, vinos, llantos, terrores. Como periodista tuve que entrevistarla en no menos de quince oportunidades. Como cronista asistí a noches memorables como aquella del teatro Colón, en la que el presidente de facto general Alejandro Agustín Lanusse terminó de pie, cantando con el público imantado “Canción con todos”. Fui testigo y viví las noches mendocinas cuando Mercedes descubría el mundo de los artistas, de los intelectuales (entre ellos Armando Tejada Gómez, Carlos Alonso, Di Benedetto, Benito Marianetti, Dante Polimeni, Ángel Bustelo, Fernando Lorenzo, Luis Quesada, Iverna Codina). Compartí horas inolvidables en la vieja casa de la mamá tucumana, en Barrio Jardín, al compás del locro y las empanadas. Una tardecita de 1984 asistí a un imprevisto encuentro de casi dos horas en un café ocasional, entre la cantante con Caetano Veloso. No todas fueron celebraciones: noche por noche, en una vigilante y tensa ronda de amigos, viví el mes de actuaciones de Mercedes Sosa en el teatro Estrellas, en 1975, tras la amenaza de muerte por la Triple A. Compartí también su muerte más terrible, la de su segundo marido, Pocho Mazzitelli. Asistí a la vuelta al querer vivir de Mercedes luego de su enfermedad y casi muerte de 1997.

En otras palabras, que este libro, más allá de los encuentros grabados y del trabajo sistemático en función del desarrollo biográfico (unos cinco meses), se vino urdiendo desde hace cuarenta años, secretamente, mediante el azar facilitado por la curiosidad periodística y la entrañable amistad que incluye, naturalmente, algunos peleas y distanciamientos.

Esta biografía en voz alta, resuelta con el montaje de un coro de voces eslabonadas a la narración vertebral de Mercedes, tuvo que elegir entre ajustarse severamente a la documentación cronológica o seguir por un camino apenas pautado, relativamente ordenado. Optamos por lo segundo: sacrificamos el acopio de información, el detalle de sucesos para darle rienda suelta a las idas y venidas de Mercedes, a la narración de hechos y vivencias y reflexiones surgidas más por la espontánea elección de su instinto que por obediencia a un plan detallado y sistemático.

Dejamos pues de lado la minuciosa memoria ceñida al almanaque, para permitir fluir los impulsos de ese otro almanaque que obedece a la memoria del corazón. Naturalmente, transitando este camino, sacrificamos el relato exhaustivo de una cantidad de hechos para posibilitar el brote de una cantidad de vivencias, de intensidades. Mercedes Sosa es aquí tanto lo que dice con sus palabras como lo que elige para contar, a veces desde la reflexión preocupada, a veces desde el dolor y la congoja, a veces desde el candor. Todo esto transita por un itinerario de ninguna manera rígido, pero que sí tiene algunas estaciones básicas: infancia, adolescencia, despertar artístico, noviazgos, amorcitos, amores, desamores, ideología, ecología, Triple A, dictadura militar, censura, cárcel, exilio, consagración mundial en los cinco continentes, creencias religiosas, enfermedad con apetencia de suicidio en el 97, testamento…

Aun sabiendo que aconsejar no es aconsejable, me atrevo a sugerir que este libro sea leído (escuchado) antes con la oreja del corazón, después con la oreja del cerebro.

SEGUNDA EDICIÓN

Prólogo a la segunda edición Tan alarido y tan lágrima, tan épica y tan pétalo

Nació apenitas después de la partida de Gardel. El azar sabe lo que nos hace. Murió, dicen que murió, el día del natalicio de la Violeta Parra. El azar sigue sabiendo lo que nos hace. Gracias pues. Gracias a la vida.

Sabíamos, nosotros sabíamos, que Mercedes Sosa, La Negra, cantante y cantora, era mundial y venerada por las clases sociales habidas y por haber. Lo sabíamos, sí, pero no teníamos idea de hasta qué punto era mundial, hasta qué hondura venerada. El 4 de octubre del 2009 después de Cristo pudimos ver para creer. Ante su muerte, o perdimos el habla o caímos en el abismo de los lugares comunes. Por ser autor de la única biografía tejida con Mercedes Sosa viva, desde distantes ciudades y pueblos del país, y de las tres Américas, y de Europa, me llegó el reiterado pedido: que escribiera “el último adiós”, que respondiera preguntas recurrentes resumidas en un “¿qué perdemos al perder a La Negra?” Debo confesarlo: cometí la imprudencia de escribir la palabra adiós pensando en Mercedes Sosa, y se me saltaron los tapones. No hubo, no hay caso. El adiós es para los que se van, y La Negra, desde siempre, cantando, no ha hecho otra cosa que quedarse. Suena a gastadísimo lugar común, perdón, pero lo digo: ella no podría ser olvidada, aunque nos organizáramos para eso. La famosa muerte no es perfecta, no siempre se sale con la suya. Menos en el caso de La Negra.

No es metáfora de ocasión esto de que la muerte, en algunos casos, pierde sin vueltas la partida. Con nuestra Mercedes la muerte no podrá. ¿Afirmación temeraria, afirmación ingenua? La realidad, que a veces es la mejor verdad, nos hizo ver. Un ejemplo entre tantos: sabido es que las hinchadas del fútbol se nutren del enfrentamiento, del agravio y de la insultación al rival convertido en siempre enemigo. Esto, que siempre es así, tuvo una excepcional pausa. El 4 de octubre de 2009, en varias canchas de fútbol de la Argentina, durante lo que debía ser un minuto de silencio, las siempre enconadas hinchadas, se juntaron para la unanimidad de un repentino ¡La Negra no se vaaaa! / ¡La Negra no se vaaaa! ¿Cómo se consigue eso? ¿Hay quién lo pueda organizar?

La Negra pudo. Milagro que no cayó del cielo. Milagro inimaginado. Sembrado por ella, el milagro. La Negra no ha muerto, basta de eso. Pienso que la dimensión de lo que ella significó, significa y significará, nos exige otro ángulo de reflexión. Lo intento ahora: Nuestro planeta, tan ofendido, tan saqueado, pese a todo insiste en vivir, sigue teniendo pulso. ¿Cómo es posible?

Es posible porque, además de genocidios preventivos, además de misiles con daños colaterales, de hambre contra natura, de analfabetismo y analfabetización, además de tanta destrucción organizada, enfrente, sosteniendo una ardua pulseada, sin feriados, existe una multitud que no tiene nombre ni nombres, tejida por la tenacidad de mujeres y hombres que trabajan y estudian y sueñan a destajo y hacen el amor de los amores a rajacincha. Precisamente, por esta infatigable pulseada que sostienen esos seres, los primordiales, este mundo sigue con pulso.

Afrontemos la pregunta consecuencia: ¿de dónde sacan y renuevan fuerzas, de qué se alimentan los primordiales? Se alimentan del sol que insiste en asomarse, del pan de la esperanza activa amasado por infinitas manos apasionadas. Pero no sólo de eso: se nutren, además, de milagros terrenales. ¿A qué se le llama milagro terrenal? A la voz de ella. Nuestra Negra Mayor.

Pienso, y siento: no la vamos a perder jamás. No es una expresión de deseo. La Negra no se va, entre otras cosas, porque consiguió, cantando, otro imposible milagro: el de coagular el amor de las cuatro clases sociales que los argentinos sembramos desde la atroz dictadura cívico militar de Jorge Rafael Videla asociado con Martínez de Hoz. Lo vimos en el incesante desfile en el Congreso de la Nación Argentina. Por allí pasaron todas las vestimentas, todos los colores de piel, todas las edades. Por allí pasaron los ricos, los clase media, los pobres de siempre y también los que ni a pobres llegan, los desgajados pasaron. Un hombre de unos 60 años, zapatillas, voz lijada por la intemperie, se demoró segundos frente al ataúd. Se detuvo y dijo, austero y bramante: “Permiso. Negra querida, gracias por todo, gracias. ¡Y no, y no me le afloje eh!”

Cómo es posible

Una desesperante desesperación lo ahoga a uno cuando la escucha:
¿cómo es posible que esta mujer cante así,
desde y hacia tan lejos?
¿cómo es posible que cante tan hondo,
desde y con semejante eco?
¿Con qué harina se hizo ese pan de panes,
ese pan único que es La Negra en estado de canción?
¿Qué manos la fueron amasando,
con qué levaduras, sufrimientos y goces
se fue haciendo esa Voz de semblante único
que atraviesa clases sociales, idiomas, razas, religiones?
¿Se puede explicar lo inexplicable?
¿Se pueden revelar los secretos de un don?

Se puede, en todo caso, vislumbrar ciertos secretos evidentes. El don de una voz no consiste sólo en sus cualidades, en su excelencia. Vale la voz, sí, pero con su semblante más íntimo, con su tuétano, con ese eco que emerge de la trama compuesta por goces y sufrimientos, sueños y frustraciones, exilios y retornos, desgarramientos y esperanzas, amores y desamores. El don de una voz, de esta Voz, proviene hasta del sabor y los aromas de las comidas hechas en la casa. Entre los pliegues de esta biografía se podrá encontrar la materia menuda que, entretejida, produce ese prodigio que es La Negra en estado de canción.

Así es: todo el tiempo hablamos de la cantante cantora. Es un milagro decimos. Adentrarse en sus días y en sus noches, en sus amaneceres e insomnios, nos servirá para empezar a comprender por qué su Voz pudo ser tan alarido y tan lágrima, tan inmensa y tan tierna, tan épica y tan pétalo. Entre otras cosas porque se nutrió de unos padres capaces de transitar la pobreza sin renunciar a una fruta única: la fruta de la alegría pese a todo.

Cada vez que ella canta la muerde, a la fruta, y vadeando la intemperie de la pobreza le llega hasta el carozo, a la fruta. Ella canta tan inmensamente porque en su laguito interior atesora una herencia recibida: sabe que no hay quien pueda con la alegría, porque no hay quien pueda con el amor. Ella, hablando en carne viva, de algún modo nos siembra las claves para aproximarnos a esa voz con fundamento que nos llega tan corazón adentro, así cante en el Luna Park, en el Colón o en el Olimpia, en la América latina o en Europa o en el lejano Oriente.

Antes de seguir: En mi prólogo a la primera edición de esta biografía (2003) cuento entretelas: la escribí dejando de lado la minuciosidad atada al almanaque para darle paso al fluir de los impulsos de ese otro almanaque, el que obedece a la memoria primordial del corazón. Entonces, aun sabiendo que los caminos de acceso a cualquier libro son siempre albedrío del lector, me atreví a sugerir que, se acceda por donde sea, esta biografía fuera leída (escuchada) antes con la oreja del corazón y después con la oreja del cerebro. En esta edición, la definitiva, mi sugerencia es la misma. (Dicho sea: esta edición respeta enteramente los contenidos de la primera. Los agregados son sólo informativos, en el apéndice, para completar la cronología y discografía a partir de 2003, hasta 2009.)

Detrás, debajo, adentro de la Voz

Propongo al lector, en este rato, además de escuchar con el corazón, cerrar los ojos para ver más lejos. Observemos cómo ella nos cuenta y contándose alumbra los secretos que vertebran esa voz tan cercana y tan inalcanzable. Dirá de sus abuelos: “Una parte de mis raíces viene de Santiago del Estero, tierra de gente nacida para ser buena. Mis abuelos paternos se casaron jovencitos. Ni 15 años tenía mi abuela, cuando ya había parido su primer hijo. Los hijos venían uno detrás del otro, sin miramientos, y nacían en las casas. Llegado el momento el hombre le decía a su mujer casi niña: ‘Deje de jugar y ponga a hervir agua en la olla. Voy a buscar a la comadrona’. Así vino mi padre… Se nacía sin tanta historia, con las ventanas abiertas, al sol o con la luna alumbrando”.

Dirá del amor para siempre: “La de mi papá y mi mamá es una historia de amor para siempre. Ya sé, parezco pavota; todos dicen que eso es imposible. ¿Imposible? Mi papá y mamá nunca se aburrieron de quererse, nunca… No sé bien cómo se conocieron… o sí sé, me lo contaron mateando después de la siesta. Ellos estaban en un velorio de angelito; en esos velorios, en el norte argentino, se juega el juego del botón y se canta… En el juego están todos con los puños cerrados y alguien tiene un botón en la mano. Hay que adivinar quién. ¿Ingenuo? Hasta cierto punto, porque se trata de semblantear… Mi papá fue mirando las caras y al llegar a mi madre dijo, respetuoso: ‘La señorita tiene el botón’. Mi madre lo tenía. Ahí empezó todo…” Dirá de ellos: “Me gusta volver a mis padres. Sin ellos, ¿quién sería yo? Menos que nadie sería… Dura la vida de mi padre: fue estibador, hombreó troncos, en el horno del ingenio trabajó en pleno verano, pobrecito… Pero nunca sufrió como en el aserradero. Allí no había vaso de leche, ni máscaras. Hasta que mi madre dijo: ‘Será lo que Dios quiera, pero ahí no trabajás más’.Mi papá era un cadáver que caminaba. Ay, cómo esperábamos los sábados: ese día él traía su sueldito. Para entonces mi madre sólo tenía agua con sal para hervir. Hacía milagros en la cocina ella. De un kilo de harina y un huevo salían tortitas, pan, fideos… Hubo un tiempo que mi padre se quedó sin trabajo… Al final le dieron un lugarcito en el infierno: alimentaba las terribles calderas del ingenio. Quienes más lo ayudaron fueron los santiagueños… traían comida y apartaban un plato para él. Pobres ayudándose entre pobres. Mi papá no se llevaba su ración de comida por… porque en mi casa no alcanzaba. Pobrecito.”
(Pausa y pregunta: ¿Por estas cosas vividas, será que La Negra canta así de hondo? )

Sigamos escuchándola: “Mi madre lavaba y planchaba para casas de gente con buen pasar. Había que vernos a nosotros, sus hijos, vestidos siempre como los mejores, porque mi mamá aceptaba la ropa vieja y la inventaba de nuevo. No me gusta hacer alarde de pobreza, la cuento en homenaje a mis padres. Hubo noches en que nos acostábamos con ese dolor de estómago que viene del hambre. Mi mamá bromeaba, nos daba un bollito, mate cocido y nos sacaba a jugar al Parque 9 de Julio. Mordíamos aire, comíamos inocencia… Mi papá y mi mamá se las arreglaban para alumbrar cada día. Si tuviera que meter toda mi niñez adentro de una palabra, elegiría ‘felicidad’. Fuimos tan pobres pero ¡tan millonarios! Mis padres no sólo eran abnegados, fueron sabios: jamás nos hicieron sufrir su sufrimiento. En la casa había alegría. Y adentro de la alegría estaba la felicidad, como pan de cada día”.

Esa Voz que canta desde tan lejos y tan hondo, ya vemos, anida sus claves en aquella pobreza que no extravió la primordial alegría. Cuando Mercedes está en el escenario crucial, en el salto al vacío que impone a sus canciones, ve cosas.
¿Qué ve?
Ve a su madre lavar y planchar infinitas ropas ajenas…
Ve cómo con un puñado de harina, mezclado con risas por partes iguales, hace de nuevo la multiplicación de los panes…

La pregunta porfía, reaparece: ¿Cómo, cómo es posible que se pueda cantar así: así de hondo, así de lejos? Mientras la respuesta se cocina con la paciencia del rescoldo, sigamos escuchando a esta mujer, tan sola y tan acompañada: “Una soledad acompañada por un río de veneradores no deja de ser soledad. Qué paradoja la mía. Como diría el poeta Serafín Andrés: Estoy sola, tan amada por una multitud hecha a mi imagen y semejanza… Así es la cosa, así es mi cosa. ¿Qué es la felicidad? Para mí es respirar el olor de las comidas mientras se están haciendo. ¿Y la soledad? La soledad es esto que siento desde hace tantos años cuando baja la noche. Es mi cama tan vacía… Puedo acostarme mirando para acá o mirando para allá, lo mismo da, porque estoy sola… No no no, la soledad no le hace descuento ni a los bellos ni a los famosos. Hay momentos en que uno cambiaría aplausos y fama por la caricia, por el sonido de la respiración del compañero compartiendo los días y las noches… Siento que la soledad es mi enemiga; tal vez tenga que aprender a ser amiga de mi enemiga… Pero no soy una desagradecida: siento también algo muy en el fondo de mi corazón, y no sé si llamarlo alegría… Alegría porque estoy viva, y estando viva he aprendido a oler cuando respiro y a ver cuando miro”.

Todos tenemos cinco sentidos y a veces un sexto. Ella al revés. Será por eso que en su último disco, Cantora, reunió a cantantes tan distantes, tan distintos. Fue el coagulante de las diversidades más intensas. Será por eso que, según pasan los años y las generaciones, ella nos despierta zonas tan adormecidas. Será por eso que en la biografía personal de infinitos miles, cada etapa de esas vidas tenga de fondo, siempre, un disco de esta hermana mayor.

Así va siendo la cosa: su Voz viene haciendo nidos en el corazón de millones. Qué prodigiosa alquimia: ella, tan solita de compañero, cantando puede alzar nuestros sueños, puede volverse panadera repartidora de felicidad sin mirar a quién. Todo lo consiguió y lo consigue, siempre, con ese sexto sentido que en ella es el primero.
No hay caso, no ha muerto: respira de otra manera.
La Negra no se fue, la Negra no se va.

Está cantando, escuchémosla

¿Por qué hablo, así, en presente, si todas las noticias insisten en decirnos que Mercedes Sosa ya murió a los cinco días del mes de octubre del 2009? Por favor, un poco de criterio: las noticias, tantas veces, en lo esencial mienten, faltan a la verdad. Si ella nació no iba a ser para morirse. El aire, este aire que ahora respiramos, a ella se la aprendió de memoria. Suficiente con que apoyemos nuestro oído en el pecho del aire para escucharla. Damas y caballeros, ¿alguien se atreve a negarlo? Ella, nuestra Negra Mayor, está cantando. Al sol le consta.
Algunos a dios lo creen en minúscula, otros lo creen en mayúscula. Vamos a suponer Dios. Él, ahora, está sobre una nube (pero no en las nubes). Se ha enterado Dios que Mercedes Sosa, ya sanita y sin el agobio de insoportables tristezas, vuelve a cantar. De inmediato reúne a su gabinete de ángeles asesores y les ordena: Vayan a ver si llueve. Todos eh. Por fin solo, el Supremo busca el taladro que heredó de su abuelo, le hace un agujero al piso de la gran nube, se tiende y apoya la oreja. Desde abajo, desde el reino de la Tierra, sube, divina porque humana, la Voz de La Negra. Dios saca pecho, y pensando en voz alta se consuela: Hitler y Bush y Massera y la banda ésa no me salieron bien. Pero esta mujer sí. Y haciendo bocina con las manos, le grita a través del agujero de la nube: ¡No se muera nunca, Negra, por Dios! Nuestra Negra le va a hacer caso, por los siglos de los siglos.

Rodolfo Braceli
(en el enero del 2010)

Esta es la edición definitiva de Mercedes Sosa. La Negra, la única biografía que se realizó con su palabra viva. A los 67 años de su edad decidió concretar el libro sobre su vida. No quiso simularse escritora. La suya es una biografía en voz alta. Ella cuenta y se cuenta. Para un personaje complejo y atípico, Rodolfo Braceli eligió un camino inusual. Todo su bagaje como escritor, periodista, dramaturgo y poeta lo despliega en este original libro desde y sobreMercedes Sosa. Por un lado, el relato de la suprema cantante cantora es la columna vertebral. Por otro, emergen voces: la de su madre y hermanos, la de su hijo y amigos.

A cada tanto aparecen, con sus recuerdos, figuras como León Gieco, Horacio Molina, Víctor Heredia, Liliana Herrero, Carlos Alonso, Charly García. Ellos completan el retrato de la otra Mercedes, la que está lejos de las ovaciones.
No es todo: a la voz, por momentos en carne viva de la protagonista, se suma en el montaje el relato de episodios dramáticos y memorables que marcaron su vida y su carrera. Braceli no tuvo que ir a pesquisarlos, los compartió directamente, privilegiado por la estrecha amistad con ella.

Este libro que empezó a gestarse hace casi medio siglo incluye infancia, adolescencia, despertar artístico, amores y desamores, ideología, ecología, amenaza de muerte de la Triple A, censura y exilio, glorioso retorno en el 82, consagración mundial, enfermedad con apetencia de suicidio en el 97, testamento. Como escribió Liliana Herrero: “Estamos ante una confesión pasional, pero también ante un documento extraordinario. Ante un libro político y también profundamente íntimo, público y privado, indispensable para contar la historia cultural de este país.”

Lo dramático aquí alterna con el humor y el dolor es barajado con la celebración. Se deja de lado la minuciosa memoria del almanaque y se da rienda a la memoria del corazón. Mercedes Sosa se revela aquí, desde la vehemencia y la bronca, desde la reflexión preocupada, desde el dolor y la congoja, desde la picardía y el humor, desde un candor arrasador.
Por su estructura y sus abordajes esta biografía no se parece a ninguna; es apasionante.

Mercedes Sosa - La Voz de la Esperanza
Mercedes Sosa - La Voz de la Esperanza

RODOLFO BRACELI

Rodolfo Braceli nació en en Luján de Cuyo, Mendoza, Argentina, en 1940. Desde 1970 vive y trabaja en Buenos Aires. Ha escrito poesía, novela, relato, ensayo y teatro. Desde 2001 dicta su seminario “Periodismo y Literatura / Secretos de profesión” en Universidades y escuelas de Comunicación Social. En 1996 obtuvo el premio Pléyade por su entrevista a Gabriel García Márquez.

Su primer libro publicado, Pautas eneras, fue prohibido y quemado en Mendoza en 1962 por decisión del gobierno de facto. Entre su obra destacan: El último padre (1974); La conversación de los cuerpos (1982); La misa humana (1998); Padres nuestros que están en los cielos / Borgesperón (1994); Fuera de contexto (1991); Federico García viene a nacer / Y ahora la resucitada de la Violenta Violeta(1991); Caras, caritas y caretas (1996); Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo (1979-1998); Argentinos en la cornisa (1998); Madre argentina hay una sola (1999); De fútbol somos (2001); Vincent, te espero desnuda al final del libro (2007); Perfume de gol (2009); Escritores descalzos (2010); Ciento un años de soledad –la entrevista como ficción y ensayo– (2012); Querido enemigo (2013); Células de identidad (2014); El hombre de harina (en prensa, 2015). Es autor de las biografías de Julio Bocca (1995) y Mercedes Sosa (2003).

Escribió el guion y dirigió la película Nicolino Intocable Locche. En 2010 recibió la Medalla del Bicentenario por su trayectoria periodística, otorgada por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Por su trayectoria como escritor y periodista, en el 2001 fue declarado Ciudadano Ilustre de Mendoza; y en el 2003 Ciudadano Ilustre de Luján de Cuyo, su lugar natal.