Mercedes Sosa – La Mami

Mercedes Sosa - La Mami

PREFACIO

“Era tan feliz porque, como decimos
en la provincia, yo estaba poniéndome gruesa:
mi cinturita crecía porque en mi vientre
ya latía mi Fabián”.

AUTOR

La relación con tú papá no va más. Así que él se va a quedar acá con tus hermanas y vos te venís conmigo.
Eso me dijo, un buen día, la Mamá. Hoy, enfrentado a la tarea de invocar nuestra vida juntos y reconstruir buena parte de las cosas que hemos pasado, la de aquel día es una de las primeras imágenes que recuerdo con más claridad.

Debo reconocer que yo sabía todo porque escuchaba las peleas. En ese momento vivíamos junto a mis dos hermanas, Ada y Alba, en una pensión céntrica que se llamaba El Vesubio; estaba sobre la avenida Rivadavia, casi Larrea. Creo que fue Alba quien hizo mi valijita. Cuando terminó me la dio y así nos fuimos caminando juntos por la avenida. La Mamá lloraba mucho, mientras yo pensaba: “Si le duele tanto irse, ¿por qué mejor no se queda?”.

Llegamos a un hotel sobre la Avenida de Mayo que tenía unas escaleras altísimas. Se llamaba Hotel Mayo ( hoy ya no existe). Ella habló con una señora, pidió una habitación y nos acomodamos en el segundo piso. Como todo cuarto de pensión nuestro espacio consistía en apenas eso; el baño, como suele suceder en las pensiones, estaba afuera. Frente a las habitaciones había un patio cerrado, de paredes altas. Como yo iba a una escuela de la zona, ella eligió un lugar cerca de la pensión anterior para que me quedase a la misma distancia.

Al otro día de habernos instalado la vida siguió adelante, con la salvedad de que a partir de ese momento seríamos dos para todo.

Antes, cuando la Mami tenía que salir a la noche a trabajar, me cuidaban mis hermanas. Ahora me quedaría solo y noté ese gran cambio durante la primera noche. Yo era muy miedoso (aunque si había luz estaba todo bien). En este caso, además de la oscuridad que me rodeaba, se trataba de un lugar nuevo y me sentía raro. Enseguida hice amistad con el señor que cuidaba el hotel: estaba en la entrada del primer piso y tenía un escritorio pequeño. Yo bajaba y hablaba con él hasta que no daba más de sueño y recién ahí me iba a dormir a mi cuarto. Después fui acostumbrándome y me quedaba solo sin problema. En esa época, no había tele tenía una radio únicamente. Mi rutina era jugar solo a algo y después dormirme.

La parte de la tarea que traía de la escuela la hacía durante la tarde con la Mamá y cuando llegaba la noche no tenía nada que hacer. Estaba en primer grado, iba a clase por la mañana y me levantaba más o menos a la hora que llegaba la Mamá. Ella me preparaba y, cuando me iba, se acostaba a dormir. Iba solo porque la escuela estaba a tres cuadras y era un camino recto.

Una mañana, ella me despertó para ir a la escuela y descubrió que el día anterior yo había destrozado el guardapolvo; tenía una rotura enorme en la zona del bolsillo y me faltaba un botón. Se dio cuenta justo cuando ya tenía que salir (seguramente no le habría dicho nada) y estaba enojadísima. Apenas me vio, me sacó el guardapolvo y empezó a coserlo rápidamente. “Me falta el botón”, le dije un poco angustiado, cuando me lo entregó. “Andate así”, respondió.

Cuando volví, ella seguía enojada, incluso más que antes. Me acuerdo que me dijo:
-Fabián, vení. Primero, tenés que cuidar tú ropa porque no tenemos plata para comprar otra. Segundo, yo llego muy tarde. Si no me decís las cosas a tiempo, entonces tenés que resolverlas vos. Ahora te sentás acá y no me voy a mover hasta que no aprendas a coser por lo menos un botón.

Aprendí esas dos cosas para toda la vida. Sigo siendo muy cuidadoso con la ropa y sé coser.
Fue una época dura para ella. Hace unos años me enteré, a través de Luis Landriscina, de algo que me conmovió. A veces la Mamá llegaba con medialunas, lo cual no era demasiado habitual porque en general no teníamos plata para comprar facturas; el desayuno era un mate cocido con leche riquísimo que hacía ella, pero no había para más. Resulta que muchas noches, después de las peñas, más bien al amanecer, los músicos y los artistas iban a desayunar juntos. Ahí, entre todos, cuando hacían sus pedidos pedían de más: guardaban medialunas para mí. “Para Fabiancito”, cuenta que le decían cuando se las daban. Sus amigos de entonces me cuidaban mucho porque estaba sola.

Puedo entender aquella situación de la pensión era insostenible para ella. La única opción era dejarme solo durante noches y noches, o eventualmente quedarme en casa de alguien porque ella debía irse a alguna ciudad del interior a cantar.

Mi mamá era muy rigurosa y yo era muy llorón. Un día, por ejemplo, me mando a comprar leche (en ese momento se vendía en una botella de vidrio verde), y cargué el envase y la plata para comprarla. Una cuadra antes de llegar al almacén, estaba la Plaza 1° de Mayo.

Tenía que cruzarla y, en el medio de la placita, había unos columpios. Me senté un rato y por supuesto que en ese momento pasó un distraído que pateó la botella de vidrio y la rompió. Las botellas se pagaban y así fue que volví llorando al hotel, completamente quebrado.

Ella me dijo: “Pero tenés la plata. llorale al almacenero. Acá traés la botella de leche”. Lógicamente, me volví con la lecha y después me enteré de que ella había ido a pagársela. El almacenero me dio la botella porque yo lloraba sin parar.

Dentro de la rudeza que tenía la Mamá, me sentí siempre muy mimado por ella. Su discurso era siempre: -Estamos vos y yo solos, Fabiancito. Vos tenés que hacerte cargo de tus cosas porque estamos los dos solitos.

Podría interpretarse como: “Tú papá nos dejó”. Para mí, en ese momento era: “Nosotros decidimos irnos”.

La Mamá hablaba mucho conmigo, casi como si fuera un adulto.

-Estamos solos y tenemos que hacer esto; aprendé esto otro; tenés que ser responsable; tenés que ser cuidadoso.

Después de ese año tan especial, en el que se separó y todo cambió de un día para otro, me llevó a Tucumán para que viviera con mis abuelos. Así fue que un día me dijo:

-Está muy difícil, Fabián. Prefiero que vayas a casa de tus abuelos y te quedes allá. Vamos a tratar de que sea solo por un año. Yo te voy a visitar hasta tanto me ordene un poco.

Así lo hizo y un año después volví a estar con ella.

Cuando vivía con mis abuelos me pasaba tardes enteras jugando con los amigos de la cuadra, que eran miles. Hay una anécdota curiosa en relación a estos días. Mamá había entablado cierta amistad con Enrique Gorriarán Merlo, el fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores y del Ejército Revolucionario del Pueblo. Una noche, durante una cena en casa de ella, me comentó: “Yo a vos te conozco de chiquito. Te veía pasar en bicicleta en el Pasaje Brandsen, vos no te acordás”. Enseguida me describió esa cuadra. Recién en ese momento supe que la sede del ERP estaba frente a la casa de mi abuela.

Nosotros veíamos cómo iban y venían todo el tiempo y que se iban a molestar a la iglesia para joder durante la siesta. Me pareció una locura: esa casa quedaba a tres cuadras de uno de los regimientos de Tucumán.

En la casa de mi abuela, la Mamá hizo construir una pieza pensando en nosotros cuando fuéramos de vacaciones. Podría decir que nos beneficiaba la culpa que quizás sentía por estar trabajando tanto. Al mismo tiempo, favorecía al barrio, tanto por la pileta como por el televisor…….en esa casa nos juntábamos con mis amigos y el abuelo Tucho a ver Bonanza, El llanero solitario y El pájaro loco. Nos divertíamos mucho y, a la hora de la merienda la abuela tenía que hacer algo porque éramos como diez pibes; siempre se las ingeniaba trayendo mate cocido, chocolate, jugo de naranja y algo para comer. Cuando en 1972 murió mi abuelo, comencé a espaciar los viajes a Tucumán y fue la abuela la que empezó a venir cada vez más a Buenos Aires.

El momento en el que le comunicaron a la Mamá la muerte del abuelo fue desopilante. Estábamos en el departamento de Arenales y en un determinado momento me llamó para que matara a una mosca que estaba dando vueltas hacía mucho, hinchándola bastante, y que ella no podía atrapar.

La perseguí, la maté y volví a mis cosas. A los pocos minutos sonó el teléfono: en esa llamada le avisaron a la Mamá que había muerto el abuelo Tucho. Ella me miró y me dijo:

-¿Te diste cuenta de lo que pasó, Fabián? ¡Mataste a tu abuelo!.

Viajamos casi inmediatamente. La abuela y los tíos estaban, como era de esperar, bastante mal. Yo vivía todo con una sensación de extrañeza muy grande. A partir de la muerte de mi abuelo, dejé de ir a Tucumán.

Volver a Buenos Aires implicaba una nueva vida. Mamá me venía anunciando que había conocido a un hombre que la quería y que estaba trabajando con ella. También me avisó que era mayor que ella, que tenía un hijo y que íbamos a vivir los cuatro juntos. Así fue cómo, de repente, se armó una nueva familia. Ese hombre era Pocho Mazzitelli, quien además de Gustavo mi hermanastro, tenía otra hija que se llamaba Bibiana y que vivía con su mamá. Más adelante, con Gustavo empezamos a ir a Tucumán juntos. Nos alquilaban un camarote en el tren para los dos y el encargado del coche nos cuidaba hasta que llegábamos. Eran viajes muy lindos.

A partir de la relación con Pocho todo fue mejor. En su carrera las cosas estaban mucho más ordenas y ella estaba tranquila, teniendo en cuenta lo difícil que era siempre la Mamá. Pocho era un tipo muy metódico que no fumaba ni tomaba, y eso compensaba un poco la locura de ella, que normalmente se enojaba mucho.

Primero lo hacía sola, desarrollando su disgusto con una calma peligrosa, como macerándolo. Cuando se encontraba con vos, dentro de su cabeza ya tenía las cosas claras en esos momentos era muy difícil hablar con ella porque ya había armado todo para sí misma. Además era muy inteligente como para llevar el debate hacia donde ella quisiera. También podía ser muy hiriente con las palabras y eso hacía que después hubiera poco margen para seguir la conversación. Al trabajar con ella, yo tenía mucho más posibilidades de pelea que las de cualquier hijo. Nuestros enfrentamientos era grandes por todo lo que pasaba en el trabajo, que no era poco.

Pocho en cambio, era el que nos consentía, tanto a Gustavo como a mí. Si la Mamá era demasiado exigente, más que nada conmigo, Pocho era igual con los dos.

Siempre estuvo a la par, me enseño muchas cosas claves que pude aplicar en mi vida, y obtuve de él las enseñanzas de hombre que ni siquiera pudo darme mi abuelo, mucho menos mi papá. Para la Mamá, él fue algo así como un ángel. También lo fue para mí, incluso como intermediario con ella las veces que estuvimos peleados con la Mamá, el contacto fue siempre a través de Pocho. De hecho el primero en saber que había nacido Araceli, mi primera hija, fue precisamente él.

Su enfermedad se desencadenó muy rápido y el desenlace ocurrió pocos días después. La Mamá se sintió devastada pero estuvo a su lado hasta el final.

Discutir con la Mamá era algo extremadamente difícil. El contraste entre la dulzura que podía tener y el rostro agrio con el que era capaz de discutir te enojaba todavía más.

Con los años fue aprendiendo que, si quería que las cosas volviesen a su cauce, entonces tendría que aflojar un poco.

Estoy seguro de que eso lo aprendió de mi abuela. Por supuesto, chocábamos bastante. Pero después de la última discusión fuerte que tuvimos, que duró más de un año, un día me llamó y me dijo:

-Mirá, hagamos esto: no nos peleemos más. Si en algún momento hay un motivo para pelearse, despidámonos lo mismo hasta mañana, y al otro día hablamos diferente y vemos cómo hacemos. Pero no nos peleemos más porque somos nosotros, somos la familia.

Después de escucharla decirme eso me resultó mucho más fácil resolver mis diferencias con ella. Es cierto que en los últimos tiempos tuvimos algunos cruces o discusiones, pero nunca como antes. Desde ese día, con la Mamó no volvimos a pelearnos más.

¿Importan ahora esos conflictos? Absolutamente no.

Soy el producto de ella, siempre estuve feliz de serlo y me siento orgulloso del vínculo que tuvimos.

Vuelvo todo el tiempo a aquellas imágenes de cuando estábamos los dos solos en la pensión de Avenida de Mayo. Cierro los ojos y me vistiendo para ir a la escuela, con ella frente a mí, sonriendo y acomodándose el guardapolvo. También escucho su voz, esa voz que me gritaba “¡Fabiancito!” mientras estiraba los brazos para hundirme en uno de sus lindos abrazos. Ella repetía una frase que es, también, una imagen hermosa: “Hay que abrazar como atajando pollos”.

Sigo extrañándola tanto como cuando se fue. Entrar por primera vez a su casa sin ella fue demasiado duro. Lo que vino después, también. Al principio intenté acercarme a ella, a más bien a su recuerdo, con cierta desesperación.

Sentía una necesidad muy fuerte de saber más. Con el tiempo aprendí a hacerlo desde la ausencia, como sucede hoy con este libro.

Sin esperarlo, encontré al escribirlo un montón de respuestas.

Mayo 2016

Nació el 20 de diciembre de 1958. Se desempeñó como productor de eventos culturales y artísticos, productor discográfico y de programas radiales, televisivos y documentales, tour manager, productor integral de espectáculos musicales, teatrales y de video. También fue representante de numerosos artistas, entre ellos, Mercedes Sosa, Julia Zenko, Nito Mestre y Daniel Melero. A partir de 2010 dirige, desde su función de presidente, la Fundación Mercedes Sosa para la Cultura.

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